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          El hidrógeno: realidad y mito

          El hidrógeno: realidad y mito

          @José M. de la Viña - 12/02/2009 06:00h

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          Hoy por fin entramos en faena. ¿Qué les parece si hablamos un poco acerca del hidrógeno? No teman. No voy a entrar en muchos tecnicismos. Si les aburro me avisan. Escribir es fácil. Escribir bien es un poco más difícil. Pero contar de forma sencilla asuntos complejos, de forma más o menos rigurosa, y que al menos lo entienda el que lo ha redactado, les puedo asegurar que es complicado. Lo vamos a intentar.

           

          El hidrógeno como gas puro no existe de forma natural en la naturaleza, no lo podemos extraer de las profundidades como el petróleo o el gas, protagonistas absolutos de la civilización troglodita (*) que nos acoge. Hay que producirlo.

           

          Hay diferentes métodos para hacerlo, no voy a entrar en ellos de momento no sea que salgan huyendo, puede que más adelante. Una vez que ya tenemos el hidrógeno lo podemos llevar donde queramos aunque la tecnología necesaria para hacerlo sea más compleja que la que utilizamos para transportar hidrocarburos, más parecida a la del gas natural. El hidrógeno se puede almacenar y transportar, bien en forma líquida a 252,8 ºCbajo cero; o bien mediante botellas de gas a una presión setenta y cinco veces superior que la atmosférica, por ejemplo, con lo que una botella con mil litros de hidrógeno gaseoso pesaría únicamente unos seis kilogramos (sin contar la botella).  

           

          Cada kilogramo de hidrógeno produce la misma energía que unos tres kilogramos de gas-oil o gasolina. Una vez en destino puede mover el autobús, coche, tren, avión o cualquier otro artefacto y a cambio suelta vapor de agua cuando se genera en células y NOX si se quema. Idílico. No. Al final lo que hemos conseguido es que los potenciales efectos nocivos se queden en el lugar de fabricación y no en el de consumo. Como con la energía eléctrica.

           

          ¿Por qué? Porque como el hidrógeno hay que fabricarlo, lo acabamos de decir, y aquí está el “pero”, y por tanto el debate. La energía del hidrógeno es tan ecológica como la fuente de energía que para ello necesita, hoy por hoy energías convencionales - incluyo aquí las renovables actuales - menos las pérdidas, muy importantes, de todo el proceso, incluida la compresión, licuefacción, transporte, almacenaje y distribución final. Y por ello siempre será más caro.

           

          Es muy fácil decir, mi hidrógeno que se fabrique con renovables, que yo soy muy ecológico. La vida real no resulta tan sencilla. En definitiva seguimos maltratando al entorno, eso sí, no lo vemos, en algún lugar desconocido para nosotros, allá donde se genera. ¿Pura hipocresía? De momento.

           

          Fabricar el hidrógeno es caro, aunque como siempre las mejoras tecnológicas y las economías de escala tenderán a reducirlos. Su rendimiento es bajo. ¿Qué es el rendimiento? Pues que para fabricar un único kilowatio de hidrógeno limpio necesitamos consumir alrededor de dos o tres kilowatios de energías convencionales (**), bien sean renovables o no. Todo un derroche.

           

          El futuro del hidrógeno

           

          Pero el hidrógeno podría tener aplicaciones muy interesantes en el futuro, no deberíamos descartarle tan rápidamente. Probablemente no será la panacea, pero algo ayudará.

           

          ¿Como? Imagínense que algún día sea posible aprovechar de forma masiva la energía de las corrientes marinas allá en alta mar, que la fusión nuclear sea una realidad o las megacentrales solares en el Sahara, alejadas de los centros de consumo. En esos casos el hidrógeno producido por cualquiera de esos métodos u otros que se pudiesen imponer, podría ser un complemento perfecto, ya que esas centrales proporcionarían energía de formamenos contaminante que se podría transformar en hidrógeno y de esta forma transportar hasta las redes dehidrolineras donde se abastecerían los vehículos. (Repetimos: menos. Todas las energías sin excepción producen contaminación y tienen efectos secundarios, de una forma u otra, en mayor o menor medida, nos guste o no nos guste).

           

          También podría ser útil para almacenar, a pesar de su elevado coste, la energía producida por las centrales domésticas durante determinados picos de producción, por ejemplo de energía eólica o solar convencional, y que la demanda del momento no pudiera absorber.

           

          Mientras tanto, y con el fin de que su tecnología pueda madurar, se debería seguir investigando para así mejorar el rendimiento del ciclo del hidrógeno y de sus aplicaciones. Para ello se deberán dedicar durante los próximos años importantes recursos. El debate no debería consistir en si se fomenta o no el hidrógeno.  El debate que sugeriría es el siguiente: ¿cómo fabricamos el hidrógeno?

           

           

          (*) Según acepción del diccionario de la RAE, el término “troglodita” significa entre otras cosas “muy comedor”. Creo que podemos aplicarle perfectamente. Somos unos devoradores de energía cada día más glotones e insaciables que acabaremos feneciendo de empacho si no tomamos medidas.

           

          (**) Para los más técnicos: el rendimiento en la fabricación hoy en día, con el método más eficiente, es del orden del 75%; el de la compresión del 80%; el de la licuefacción 60%; el del transporte 90%; y, finalmente, el del almacenamiento un 90%. Todos aproximados. Y como las pérdidas se suman, el rendimiento global de todo el proceso estaría, según cada circunstancia particular, en el entorno del 30 % al 50 % en el mejor de los casos. A la presión atmosférica, la masa del hidrógeno gaseoso es de 0,0899 kg/m3.

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          s2t2 -El futuro de la Energía

          El futuro de la Energía

          @José M. de la Viña - 05/02/2009

          Son las ocho de la mañana, está usted disfrutando -¿disfrutando? ¿A eso le llama usted calidad de vida?- del atasco matutino, en el coche, solo, gastando combustible, perdiendo el tiempo, inútilmente. Contaminando.

           

          Que más le da. Puede pagar la gasolina. ¿Será por dinero? El cambio climático es una entelequia, algo muy lejano que no le afecta, suponiendo que sea verdad, así que mi conciencia está tranquila. No tiene remordimientos.

           

          Sin embargo, esos litros que está consumiendo seguro que ya no contribuirán a salvar una vida dentro de doscientos o trescientos años -así no discutimos cuantas reservas quedan, poca gente duda que, a este ritmo, en dos o tres siglos no quedará casi nada, ni recursos fósiles ni otros muchos recursos naturales-, quien sabe, ni a calentar a nadie en el futuro, cuando la escasez arrecie. Que más le da. Sabe que el petróleo no es renovable, pero algo se inventará, ya lo arreglarán los políticos, para eso les vota. Ande yo caliente y ríase la gente, dice el refrán. Seguro que a nuestros descendientes les hará mucha gracia la frasecita. 

           

          Debería importarnos. Aunque a nosotros nos dé igual, probablemente nuestros hijos, pero estoy seguro que nuestros nietos, se acordarán de sus antepasados recientes, de su egoísmo, su desidia, su conveniencia inmediata, su vagancia intelectual, sus orejeras ideológicas. Para qué pensar en cambiar las cosas si a mí todo me va bien. El que venga detrás que arree estará usted pensando, bien cómodo, al calor de su automóvil, hace frío afuera. Que más le da.

           

          Hay profecías para todos los gustos, no me quedo con ninguna, la verdad es que no tenemos ni idea. Están los más catastrofistas que dicen que el petróleo se acabará en unos treinta años, y los que no lo son, que dicen que habrá petróleo y gas por lo menos otros sesenta u ochenta años más. Discusión fútil. ¡Que más da!

           

          Pensamos que somos una civilización muy avanzada, hemos llegado a la Luna, vemos por la tele o desde nuestro ordenador el planeta Marte, ya hay sondas en los confines del sistema solar. Sin embargo no nos damos cuenta que nuestra presunta civilización se basa en hacer agujeros en el suelo, eso sí, de una forma muy sofisticada, extraer lo que se ha ido formado muy lentamente en el interior de la Tierra. Dicho de forma simple, consumimos en un instante el petróleo que le costó fabricar a la naturaleza millones de años.

           

          Si, querida lectora, querido lector –seamos por una vez políticamente correctos, no se inquieten, no se repetirá-, por absurdo que parezca, el origen y puntal de la civilización occidental actual es nuestra capacidad para hacer agujeros en el suelo. Los balbuceantes comienzos de la Revolución Industrial, allá a mediados del siglo XVIII, se movieron básicamente a base de madera y energía hidráulica, energías renovables ambas, aunque muchos bosques nunca se recuperaron. El siglo XIX fue el siglo del carbón, ya empezamos a hacer agujeros de forma industrial y masiva. El XX ha sido el siglo del petróleo. El siglo XXI lo está siendo del gas, lo que queda de petróleo y deberá ser de algo más. Renovables. Si. Nucleares. ¿No, gracias? ¿Y el XXII? ¿Cuántos agujeros más faltarán por hacer? ¿Quedará alguna pizca de energía fósil en nuestro planeta?

           

          La Edad Fósil

           

          Como acabamos de mencionar, la civilización actual no ha hecho nada más que tomar graciosamente, consumir lo que la naturaleza, que no nosotros, tardó millones de años en fabricar. Cuando estudiábamos historia nos decían que después de la Edad Moderna venía la Edad Contemporánea, en la cual nos encontramos. Pienso que nuestros descendientes la redenominarán Edad Fósil, intermedia entre la Edad Moderna y aquella en que se logre de verdad el tan cacareado crecimiento sostenible, sobre el que todo el mundo habla pero nadie sabe como se alcanza.

           

          Construyamos el futuro

           

          Ahora es nuestro turno. La gran revolución, la definitiva. Tenemos que demostrarnos a nosotros mismos que somos seres civilizados y racionales, que podemos seguir siendo dignos de utilizar ese nombre. ¿O acaso no somos más que una especie que, aunque un poquito más espabilada que otras, no deja de ser la más depredadora del reino animal, con dañinas tendencias autodestructivas? Deberemos ser capaces en un futuro próximo de poder generar energía de forma continua y permanente, pero sobre todo abundante, para poder sustituir aquello que la naturaleza nos está regalando, no sabemos hasta cuando, todos los días, permitiéndonos un impulso inicial en nuestro desarrollo del que todavía nos estamos beneficiando, esa energía barata que actualmente consumimos y derrochamos.

           

          Y además deberemos ser capaces de hacerlo sin producir daños colaterales. Fabricar la energía que necesitamos para vivir, sin contaminar, y sin que nuestros descendientes tengan que pagar por ello. Deberemos ser capaces de crear un paradigma en el que un mayor bienestar y crecimiento económico no signifique un mayor consumo de energía, de contaminación, de destrucción del entorno o agotamiento de los recursos. Para conseguirlo deberemos ser capaces de generar la ansiada energía de forma estable y continua, sin efectos nocivos, de manera que las generaciones futuras puedan también disfrutar de ese bienestar en vez de sufrir las consecuencias de nuestras acciones presentes. Todo un reto.

           

          Las energías renovables actuales acaban de nacer, no son suficientes, eficientes, de momento un mero parche. Hay que hacer más. Mucho más.

           

          No tenemos demasiado tiempo. Quizá medio siglo, probablemente algo más. Puede que menos.

           

          Hace treinta años se decía que la fusión nuclear, la energía del Sol, aquella que solucionaría todos nuestros males, en treinta años sería una realidad. Ha pasado ese tiempo y casi no hemos avanzado. El ITER, la gran esperanza, todavía no está listo. ¿Será suficiente? ¿Perderemos igualmente los próximos treinta años? Para entonces, ¿se nos estará acabando el tiempo?

           

          Si no llegan a tiempo ni hacemos madurar nuevas tecnologías, en cuanto empiece en serio la escasez de las energías fósiles aumentarán los conflictos, las guerras, tendremos crisis económicas endémicas, mayor inestabilidad planetaria en definitiva. Nos afectará. En Occidente ya no nos sentiremos tan cómodos ni seguiremos viendo desde nuestros sillones, igual de indolentes que ahora, como las catástrofes solo les afectan a los otros. Pobrecitos.

           

          Acabamos de disfrutar desde nuestros calentitos hogares del lamentable espectáculo de gas y fuerza dedicado por los rusos a nuestros vecinos europeos, un toque de atención que deberíamos tomar muy en serio  –se merecerá unos humildes comentarios, un poco de paciencia por favor-; este otoño hemos visto como un desajuste temporal entre la demanda y la oferta, provocado por la incipiente crisis, ha hecho que el petróleo baje del nivel de los ciento cuarenta dólares por barril a cotizar cerca de los cuarenta en apenas tres meses. ¿Se imaginan al revés? Cuando se reactive la economía, cuando comience la escasez real ¿qué niveles podrá alcanzar el petróleo? ¿En que plazo? ¿Con qué consecuencias? ¿Provocará ciclos económicos más cortos, crisis más frecuentes, profundas? ¿Estaremos preparados?

           

          Debemos ponernos nosotros, los ciudadanos, manos a la obra inmediatamente, debería ser la máxima prioridad mundial. Aliviaría la pobreza futura. Deberemos dejar de esquilmar el medio ambiente y los escasos recursos disponibles. Ahorrar, reciclar, consumir energía responsablemente. Deberemos obligar a los gobernantes a trabajar. Si no lo hacemos nosotros ellos no tomarán la iniciativa. Lo estamos viendo. Solo les importan los votos del mes que viene, la prebenda de hoy. El hacer que hacen. Mucho ruido pero pocas nueces. Ahora que estamos en crisis, bendita sea, recapacitemos, reflexionemos, dediquemos los recursos necesarios, investiguemos, arriesguemos.

           

          Será una fuente de oportunidades para los emprendedores, para las empresas que se lo ganen, un nuevo mundo todavía por descubrir. Creará muchos e importantes nichos de empleo. Esas divisas que ahora contaminan, que se volatilizan en las chimeneas, se quedarán para producir riqueza. Exigirá esfuerzo. Imaginación.

           

          Y, finalmente, deberemos ser conscientes, todos, si, usted también querido amigo, un último esfuerzo, no se me arrugue ahora que estamos acabando. Por favor, ponga usted también su granito de arena, no mire hacia otro lado, que ante todo no se le olvide que la energía más ecológica es la que no se consume. Se pueden tomar infinidad de pequeñas medidas imaginativas y otras de cajón que no solo contribuyan a reducir el gasto energético, sino que permitan aumentar la calidad de vida. También medidas estructurales. Pero para eso hacen falta estadistas. ¿Conocen alguno? Desde esta humilde columna alguna propuesta haremos, aunque no sea más que clamar en el desierto.

           

          En fin. Consumamos energía de forma ética, si todavía queda algo de eso. Responsable. Reciclemos más y mejor.

           

          Nuestro querido planeta azul es como una olla que cada día tiene que aguantar mayor presión. ¿Hasta cuando? No dejemos que explote. Nos llevará a todos por delante, los privilegios no servirán. No nos salvará el dinero, el que lo tenga. Reduzcamos la presión. Es la nueva ideología.

           

          No es una amenaza. Generará riqueza. Es una oportunidad. Puede que la última oportunidad que nos queda antes de que nuestra civilización occidental colapse. Muchas civilizaciones a lo largo de la historia desaparecieron pocos años después de alcanzar su cénit, cuando más confianza tenían en su futuro, cuando más se miraban el ombligo. ¿Será nuestro caso? ¿Acaso somos una más? Podría serlo. Méritos no nos faltan. Somos frágiles. Luchemos por nuestra supervivencia.

           

          Parezco un panfletista. No teman. Esto es solo el calentamiento. Iremos entrando en materia poco a poco. 

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